La nueva flor de Coleridge (1/3)

Ahora que en la blogósfera ya termina la oleada de reseñas y comentarios de El caballero de la noche de Christopher Nolan, es posible escribir sobre una versión mucho más interesante del personaje que todos sabemos (y que ha merodeado por este blog en el pasado reciente). Todo comienza con el objeto representado arriba y el siguiente fragmento de Samuel Taylor Coleridge:

If a man could pass through Paradise in a dream, and have a flower presented to him as a pledge that his soul had really been there, and if he found that flower in his hand when he awake – Aye, what then?

(Si un hombre pudiera cruzar el Paraíso en un sueño, y se le diera una flor como prueba de que su alma ha estado allí en verdad, y al despertar encontrara esa flor en su mano… Ah, ¿entonces qué?)

El fragmento, desde luego, es muy conocido y se utiliza con frecuencia al hablar de lo fantástico. Pero rara vez se intenta responder a la pregunta. Al contrario, se prefiere negar cualquier posible respuesta, como hizo Borges en aquel ensayo famoso de Otras inquisiciones, no sólo porque el ensayo tiene otros fines sino también para mantener intacto el efecto de la brusca pregunta final de Coleridge: para indicar que no hace falta ningún desarrollo posterior para que la contaminación de la realidad por el sueño, el cruce de un nivel a otro de percepción –o de existencia–, pueda verse como un hecho fantástico, capaz de ser enunciado por medio de lenguaje pero sin posibilidad de ser integrado al mundo de lo “racional” y “objetivo”. Hay muchos otros ejemplos de la misma estrategia.

Por otro lado, sigue siendo posible responder: ¿qué pasa si la flor de Coleridge aparece en la mano del soñador? ¿Qué pasa si despierta y la ve y no puede negar su presencia?

Pasa que el mundo es distinto de lo que el soñador creía y hay evidencia incontrovertible de la fractura, o incluso de la plena ruptura, de por lo menos esa visión del mundo: la del propio soñador. Para éste, el mundo ha dejado de ser como era (un mundo en el que los objetos soñados no pueden pasar al mundo de la vigilia) y por lo tanto la posibilidad de cuanto puede ocurrir después: cuanto puede seguir a esa sola infracción contra las reglas con las que se define la existencia, deja de ser una mera posibilidad inquietante y se convierte en una certeza ineludible. Lo que es no cuadra con lo que debía ser. Tal vez incluso haya más diferencias entre el mundo en que creía vivir y el mundo en el que realmente vive.

La cordura de los seres humanos está hecha de ideas: afirmaciones sobre el mundo que se consideran verdades inmutables. Si una sola resulta cuestionada, las consecuencias pueden ser espantosas. Un ejemplo: Daniel Paul Schreber, el jurista alemán que describió por primera vez lo que ahora llamamos esquizofrenia paranoide en sus Memorias de un enfermo de nervios (1903), pone como punto de partida de su trastorno la noche de 1893 en que, acaso en un sueño, sintió por vez primera el deseo de experimentar el amor “como mujer”. Tal vez ya sea imposible describir exactamente lo que Schreber vivió, pues sus escritos se recuerdan precisamente por haber sido la base de una parte apreciable de los estudios de Freud y el psicoanálisis ha cambiado de modo definitivo (para bien o para mal) la forma en la que pensamos en nuestra propia mente; acaso esto sea una buena aproximación:

La mente de Schreber se quebró (hasta el punto de que nunca se recobró del todo de su padecimiento, recayó después de la mejoría que le permitió escribir sus Memorias y murió en un hospital psiquiátrico en 1911) porque le fue absolutamente imposible aceptar que él, hombre educado rígidamente en una homofobia deliberada, pudiera sentir algo semejante. Le era más fácil (infinitamente más fácil: infinitamente menos peligroso para una porción de sí mismo que hubiera deseado inconmovible) explicar el hecho creyendo que algo le había pasado a su naturaleza de hombre. De hecho se convenció de que se convertía en mujer, de que sus órganos se transformaban.

Para no dejar de ser quien era –no renunciar a una parte central de su ser–, se convenció de la verdad de este suceso antinatural o sobrenatural. Y para acomodar el hecho en un mundo coherente, uno que no corriera otra vez el riesgo de derrumbarse, se vio en la necesidad crearle explicaciones. Luego fue necesario crear explicaciones de las explicaciones… Schreber estaba, sobre todo, preocupado por demostrar(se) que no estaba loco; por supuesto, su estrategia fue construirse una idea del universo absolutamente personal y cada vez más alejada de las del resto de la humanidad. ¿Por qué se convertía en mujer? Por la influencia perniciosa de los Rayos, emanaciones divinas. ¿Por qué caían sobre él? Porque él era el polo opuesto de Dios, el foco de la energía numinosa. ¿Por qué era esto? Por un error en el cosmos, o acaso porque Dios mismo deseaba destruirlo, confabulado con el médico de Schreber. Etcétera.

Daniel Paul Schreber

En efecto, éste es simplemente el camino de la locura, que en muchos casos se manifiesta, como en Schreber, en intimaciones cósmicas, delirios míticos, sueños de lo eterno.  Pero ese camino, en cualquier momento, está más cerca de nosotros de lo que desearíamos suponer. Porque son herramientas para existir sin sobresaltos pero no necesariamente exigen la reflexión (y en muchos casos la proscriben), nuestros modelos del mundo tienden a ser superficiales y rígidos: frágiles. ¿Cómo saber que no seremos de los infortunados –o los iluminados, o los tocados por el simple azar; dígase como se quiera– que verán romperse su propio modelo: que viajarán sin moverse a otro planeta, donde todo es distinto?

[Batman aparecerá –y volverá la literatura fantástica– en la siguiente entrega.]

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2 comentarios

  1. Veo este ensayo como la prefiguración de algo muy interesante, Alberto.

    Traes muy buenas reflexiones a colación.

    Hablando del tema…

    Lograr la fe poética de Coleridge puede ser algo más circunstancial de lo que suele creerse. Es decir, los elementos técnicos con los que el escritor cuenta para darle vitalidad a personajes, escenas o eventos son, desde mi parecer, bastante limitados.

    Por otra parte, pienso que lo único que realmente puede darle este sentido sanguíneo a la obra propia es fusionarse con ella.

    Pensemos en Poe y encontraremos que su vida fue a la par de su obra.

    Que Borges es tan ñoño como sus personajes.

    Y Cortázar tan extraño e incosistente como sus invenciones.

    Los detectives salvajes de bolaño están basados en su amistad con Santiago Papasquiaro, un poeta malísimo, pero símbolo de la literatura veinteañera fugitiva de nuestro país, donde nos quedamos fuera de los apretones de manos y los cocteles, o simplemente gustamos demasiado a las esposas de ministros de arte…

    Pienso que la rosa que beatriz entregó a Dante en el paraíso estaba en él antes de escribir aquel verso. La rosa precede al paraíso, si se quiere.

    Los lectores detectan la mentira, el ejercicio estilístico, la acrobacia verbal, la fórmula reciclada…

    Quieren sangre u emociones reales.

    La única realidad virtual que conozco es la literatura.

    Falta mucho tiempo para que algo la supere.

    saludos,

    p. s

    ¿El ensayo del que hablas es el del Arte Narrativo y la Magia?

  2. Hola, Soma, y gracias por tu comentario. Espero que valgan las entregas por venir. El ensayo en el que pensaba era “La flor de Coleridge”, justamente, pero en “El arte narrativo y la magia” hay varias ideas aledañas de lo más interesante. Ahora que lo mencionamos, lo revisaré. Suerte…

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