Dos escritoras y dos libros de cuentos

a) Carmen Simón, El mundo de lo apagado. Querétaro, Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2006
b) Eve Gil, La reina baila hasta morir. México, Fósforo, 2008

En los últimos meses he encontrado varios artículos y ensayos –en su mayoría publicados en los Estados Unidos o en el espacio más difuso de la red en lengua inglesa– que ponderan la enfermedad y la muy probable agonía y muerte próxima del cuento como género literario. Simplemente porque no tiene lectores: porque los libros de cuentos no se venden y las revistas especializadas que todavía publican cuentos tienen como público sólo a escritores de cuentos, quienes las leen sólo para averiguar qué le gusta publicar a los editores de las mismas.
Aquí en México, la periferia del Occidente, bien podemos suponer que la situación está peor, como siempre que comparamos la periferia con el centro: no sólo se tiene poco aprecio por las narraciones breves, sino que para muchas personas la palabra “cuento” equivale a “cuento infantil”, del mismo modo en que una “novela” es algo que se ve por televisión. Además, las revistas y editoriales aún dispuestas a publicar cuentos rara vez consiguen que éstos sean leídos más allá de un círculo pequeño de iniciados y lectores próximos. Por último, incluso el hecho de que todavía se escriban cuentos, y libros de cuentos, podría interpretarse sólo como un signo de la persistencia de varias costumbres del pasado, algunas descaminadas pero simpáticas como el aprecio por la simple belleza de las narraciones breves, y otras descaminadas y desagradables, como el lugar común de que el cuento es sólo una parada en el camino hacia la novela y se puede llegar a ser el nuevo Tolstoi simplemente acumulando páginas y páginas y páginas.
Podemos suponer todo esto y entonces encontrar libros de cuentos recientes y extraordinarios. Como si fueras a entender de Jim Shepard, para mencionar un ejemplo de allá; Pétalos de Guadalupe Nettel y La noche es luz de un sol negro de Edgar Omar Avilés, para mencionar dos de aquí, prueban que la distribución, la popularidad, incluso la pertinencia del cuento como forma artística pueden ser cosa del pasado, pero la propia forma está intacta: no sólo la simple belleza sino las posibilidades creativas de las narraciones breves. Ni siquiera se trata de que el cuento se haya convertido ya en una práctica muerta, olvidada durante siglos y vuelta a la vida, como zombi, por especialistas que ya no pueden saber exactamente cómo se hacía tal cosa, cómo se producía tal efecto. El cuento sigue aquí, siquiera como un campo de experimentación para cuanto pueda quedar de belleza en la mera literatura.
Dos muestras están en los libros mencionados arriba, que llegaron a mí más o menos en las mismas fechas y son obra de dos escritoras mexicanas.

1. Re-Sentir: El mundo de lo apagado
Entre quienes siguen los postulados de la literatura del siglo XIX (y son casi todos, aunque nunca hayan oído de ellos) se respeta aún la noción poeiana de la unidad de efecto: la subordinación de todos los elementos de una historia a un “fin” que se ha entendido casi siempre como una revelación de la trama, un giro sorprendente de los acontecimientos. Con el siglo XX y la modernidad literaria vinieron todas las numerosas formas de la rebelión contra esa regla, pero ahora podemos ver que duraron poco: en el XXI hemos arribado a cierta uniformidad nueva y no muy estimulante; la mayor parte de los cuentos que pueden encontrarse se limita a negarse una trama, negarnos una conclusión contundente y presentar sólo una “situación”, un “ambiente”, un “desvelamiento” de circunstancias inmutables.
La estrategia de Carmen Simón en sus cuentos parecería, en un primer vistazo, estar más cerca de estos hábitos: sus cuentos se concentran, casi siempre, en un solo episodio, que se examina cuidadosamente mientras se desarrolla pero cuyos momentos más apremiantes o más llamativos no están nunca en los últimos párrafos del texto. A veces, esto se lleva hasta el extremo de que la reacción ante lo terrible, las consecuencias de lo embarazoso o lo alarmante, son simplemente banales, irrelevantes para los pequeños teatros de la angustia que las preceden. Sin embargo, un segundo vistazo muestra que el foco de cada historia no es, pese a todo, su situación inicial, comúnmente situada en un mundo realista y rutinario y vista por un personaje mediano, ni enfermo de los males del siglo ni representante de alguna de las formas del poder. Por el contrario, lo que cuenta es la percepción de esos lugares y esas circunstancias: la manera en la que los personajes se dejan vivir y nos comunican lo que les sucede adentro.
Desde este punto de vista, El mundo de lo apagado no se detiene en las implicaciones más obvias de su título, como sí lo han hecho generaciones enteras de malos cuentistas. Hace mucho que no leía una serie tan convincente como ésta de descripciones del mundo físico y, sobre todo, de los estados cambiantes del cuerpo y del alma de una serie de personajes, que no sólo llegan a conmover, a re-presentar emociones, sino que permiten re-sentir, siquiera por momentos, lo que ellos están sintiendo. Un hombre que se muere a cuatro patas en una camilla, en un episodio horrible por el roce prolongado de lo grotesco y lo trágico; una mujer cuyas caderas se atoran en un agujero; la frase hecha del “corazón que salta en el pecho” convertida, y no sólo en un cuento sino en dos, en síntesis convincente del desvalimiento y el terror… Todos estos personajes inspiran esa identificación, esa empatía cada vez más rara en nuestros tiempos de tedio y de hartazgo constante, y describen, sutilmente, una propuesta literaria que es, literalmente, incómoda: vamos a padecer con estas historias, vamos a rechinar los dientes y a tragar saliva, siquiera para que recordemos, por medio de estos seres inventados, nuestros propios seres, nuestra presencia física y los torbellinos del interior, con todo lo que tienen, a la vez, de callado y de constante.

2. Mitos “reloaded”: La reina baila hasta morir
Los textos sobreviven en la medida en que son leídos y repetidos, más allá del lugar y el tiempo de su origen. Esto implica el problema de que necesitamos contar de nuevo las historias, formular una y otra vez los mitos y las imágenes, pero cada intento de renovación debe enfrentar al mismo tiempo el peso del pasado y la liviandad del futuro (¿cómo afrontar la responsabilidad de que el peor de los libros puede ser siempre el primero para alguien?).
La reina baila hasta morir de Eve Gil no ataca estos obstáculos de las formas usuales en los pelotones de la narrativa mexicana, que en general ni siquiera se plantean la cuestión y cuando llegan a abordarla optan por las lamentaciones nihilistas o el anacronismo de medio pelo, ese cuyo ejemplo más rancio es el Tenorio cómico. Los cuentos del libro parecen ofrecer un repertorio de íntimas truculencias, puestas en la frontera tan visitada que comparten el melodrama y el relato psicológico, pero también dan pistas claras sobre una segunda lectura posible: “Cenicienta Hardcore” entra y sale constantemente de las muchas versiones del cuento “original”, de sus derivaciones televisivas y de la caracterización de un personaje preciso alrededor de su sexualidad; “Claveles salvajes” re(h)usa el mito del vampiro; “Alicia o el diablo” está anclada a la vez en el subconsciente profundísimo de la Alicia de Carroll y en un caso que suena a los titulares interminables de la red…
Hay además, precisa y montada sobre estas historias, una poética, creada mediante una serie de negaciones. Reina Cardoso, la gobernanta corrupta que literalmente baila hasta morir (la fuente es también un cuento de hadas) en la más llamativa de las narraciones de Gil, es justamente la escritora que ella, sospecho, no desearía ser jamás: su obra incluye “tres novelas sobre alegres adúlteras” y su práctica de la escritura carece de cualquier convicción; cuando el texto concluye, parece claro que el castigo que le dispensa su creadora no llega sólo por razones melodramáticas, sino literarias.
Estas reversiones funcionan cuando descansan en la búsqueda de personajes que puedan parecer verosímiles, tal como entendemos la verosimilitud a comienzos del siglo XXI, y que además puedan establecer una conexión precisa con la tradición de la que provienen, de tal manera que el sentido de sus historias pueda mantenerse aún si no se conocen sus precursores pero se vuelva otro, más sutil y profundo, si se tiene presente su enlace con el pasado. No es la primera vez que Eve Gil intenta un proyecto así –antes escribió Cenotafio de Beatriz, una novela que rehace el Infierno de Dante en un contexto contemporáneo–, pero en este caso la brevedad del cuento obliga a que las vidas de sus criaturas se condensen en el menor espacio posible y se resuman en uno o dos episodios fundamentales. Incluso en las historias de menor solidez, la urgencia los hechos y la importancia que tienen para quienes los viven es evidente: las reinas y princesas, los seres monstruosos o terribles que las acompañan, nos importan porque son simples personas, y viven ajenas a su condición adicional de vehículos de algo más antiguo.

3. “Escrita por mujeres”
La caracterización, la hechura de los personajes y de sus mundos, es una cuestión importante no sólo porque preocupa a ambas autoras sino porque tiene que ver con un tema que no debería ser inevitable al discutir libros escritos por mujeres. Pero ya sabemos: mucho de lo que se dice todavía ahora sobre la “literatura escrita por mujeres” es una sarta de lugares comunes que sería insultante para cualquier otro grupo al que quisiéramos dedicarla. De acuerdo con estos clichés, las escritoras no pueden hacer más que poner en sus páginas los temas que les han sido asignados tradicionalmente, y deberíamos alegrarnos de que se porten bien y se limiten a hermosear, sin cambiarlas en absoluto, las pocas ideas y tramas que están reservadas para ellas; de que digan lo mismo que dicen en las telenovelas pero con otras palabras, de que canten con nuevas referencias o nuevos giros su papel subalterno en el mundo de los hombres.
No debe sorprender que, como hay muchas personas que sólo se exponen a un texto para confirmar la validez de sus prejuicios, este tipo de “literatura femenina” se venda bien. En cambio, llama la atención el comprobar que una forma de medir la calidad literaria, la simple eminencia estética de la obra de una escritora, es, por lo menos entre nosotros, ver qué tanto se aleja de tales imposiciones.
Y de esa ruptura, de que sea poderosa y memorable para sus lectores, dependerá la supervivencia de estos libros.
Simón se ha mantenido alejada del “medio” y dedicada en particular a la impartición de talleres (para los que emplea –al parecer es la única– los método de su propio maestro, el escritor uruguayo de culto Mario Levrero). En cambio, Gil se ha dado a conocer no sólo por su copioso trabajo sino por su actitud combativa en diferentes trincheras (hace algunos meses, por ejemplo, debido a su participación en la polémica alrededor del Diccionario crítico de literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael). Pero ambas libran sus mejores batallas en páginas como éstas. Al pelear, por medio de sus personajes y sus voces, cada una defiende su derecho de crear su propia voz, de construir para nosotros su propia imagen del mundo.

[ Esta reseña doble acaba de salir publicada en la revista Replicante ]

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4 comentarios

  1. Observo que en México, las escritoras se reimpulsan en procesos rupturistas. Hay una poderosa voluntad plamada en el lenguaje y en esa tónica son estimulantes, abren perspectivas, otras miradas, y vitalismo.

    Me interesa leer los libros que has reseñado con tu valioso análisis.
    Si fuera posible que circulen en otros países, para leerlos, sería plausible 🙂
    Espero les comentes esta inquietud a las escritoras a las que has reseñado a través de sus libros de cuentos.

    Grax y un gran salute.

  2. Claro que sí, Rain; con ambas tengo contacto y se los diré.
    Saludos y suerte. Gracias por la visita. 🙂

  3. El mercado de lectores de cuento es lo que está estancado, ¿no? En cambio no es el caso con los escritores y las escritoras de cuento. Tengo la percepción de que es tal vez el género más vital en México. Es sólo una percepción, pero investigadores como Lauro Zavala se han encargado de hacer esta tarea y parecen confirmar esto, por ejemplo en “Paseos por el cuento mexicano contemporáneo”, en donde hace el “recuento” de un siglo xx intenso y diverso en este aspecto.

    Está el indicador de las antologías de cuento, por ejemplo, que tienen buena respuesta en el mercado (es decir, más o menos aceptable). Le falta su mercadotecnia al cuento (jaja, y a toda la literatura). Los cuentos, con frecuencia confinados a las revistas especializadas en literatura, tienen una recepción limitada.
    ¿Cómo entrar a ámbitos más masivos? Falta toda esa estrategia, y falta quien esté interesado en invertir. No soy yo la persona indicada, claro, sólo es que, como todos, tengo ideas. ¿Cómo dar forma a esas ideas? Hay que invertir tiempo, esfuerzos, relaciones, qué sé yo. Me quedo masticando la palabra cómo.

  4. Yo también, Fernando. Gracias por tu comentario. (Y, por lo demás, creo que tienes razón, el último siglo del cuento es muy intenso.)

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